Permafrost

Autor: Eva Baltasar

Editorial: Literatura Random House

Fecha de publicación: 11/2018

Nº de páginas: 144

ISBN: 9788439735144

Escrita en primera persona, nos presenta a una mujer en etapa de formación que se protege del exterior, que percibe la superficialidad en todo cuanto la rodea y huye de un entorno que nada tiene que ver con su manera de entender la vida: una madre obsesionada con la salud, omnipresente y controladora, y una hermana que afronta su existencia convencional con medicación y un positivismo irritante.

La protagonista, que siente pulsiones suicidas, no permite que nadie se le acerque demasiado, pero al mismo tiempo se entrega con intensidad al sexo con otras mujeres, la literatura y el arte.

El permafrost es la capa de suelo permanentemente congelado —pero no permanentemente cubierto de hielo o nieve— de las regiones muy frías o periglaciares.

Permafrost no sé si es un libro que vaya a ir por ahí recomendando a diestro y siniestro. Me ha gustado y he disfrutado mucho de la forma de narrar de la autora pero entiendo que es un libro un tanto especial.

Eva Baltasar nos presenta desde las primeras páginas a una mujer de unos cuarenta, lesbiana, alejada de cualquier tipo de compromiso y con tendencias suicidas. La historia está narrada en primera persona por lo que es la propia protagonista la que a lo largo del libro nos hace partícipe de muchos momentos de su vida. De esta forma se permite al lector conocer en profundidad al personaje y recorrer algunos momentos importantes de su vida desde niña hasta la edad adulta.

El sexo está muy presente en todo el libro, el despertar del sexo y el sexo ya adulto. Mención especial a la escena con la que despierta el deseo y el momento de masturbación que nos regala. Nunca había leído nada parecido y creo que debe ser muy difícil escribir esa escena sin que desentone con el tono del libro y su prosa.

Al avanzar en la lectura parece como si la autora le diera un respiro a su coqueteo con la muerte para profundizar en los dos temas recurrentes del libro, el sexo y la vida familiar. Un padre que se muestra de pasada, una madre controladora y una hermana «falsamente» feliz que complementa esa felicidad con alguna que otra ayuda química. Y por supuesto su sobrina Clàudia, culmen final del libro con el que no he podido evitar tener un pellizco en el corazón, no sé si por mi condición de madre o simplemente porque los niños al final siempre son los que nos hacen levantarnos. Levantarnos, seguir y quizás romper ese permafrost de las personas que viven congeladas.

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